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CÁBALA Mística - Kether, el primer Sephirah - 3

Kabala


Eheieh, Yo Soy el que Soy, ser puro, es el Nombre Divino de Kether, y su imagen mágica es la de un antiguo rey, con barba, visto de perfil. El Zohar dice de este antiguo rey barbudo que es todo lado derecho. Nunca vemos toda la imagen mágica de Kether, su plena faz completa, sino sólo parcialmente. Hay un aspecto que debe siempre quedar oculto, como el lado oculto de la Luna. Este lado de Kether -es el lado que está hacia lo Inmanifestado y que la naturaleza misma de nuestra conciencia manifestada- nos impide comprender, debiendo quedar siempre como un libro sellado para nosotros. Pero aceptando esta limitación podemos contemplar el aspecto de Kether, el perfil del antiguo rey con barba que se nos presente, reflejado hacia abajo, hacia la forma.

 Antiguo y anciano es este rey, el Anciano de los Ancianos, el Anciano de los Días, porque El era desde el principio, cuando el rostro no contemplaba rostro alguno. Es un rey, porque rige todas las cosas de acuerdo con su voluntad suprema e indisputada. En otras palabras, la naturaleza de Kether es la que condiciona todas las cosas, porque todas las cosas han surgido de El. Tiene barba, porque, de acuerdo con el curiosísimo simbolismo de los rabbis cada pelo de su barba tiene un significado.

 La manifestación de las fuerzas de Kether en Briah, el Mundo de la Mente Arquetípica, se dice que se efectúa por medio del Arcángel Metatron, el Príncipe de las Faces, a quien la tradición le adjudica el papel de instructor de Moisés. El Sepher Yetzirah dice del Décimo Sendero, Malkuth, que "hace que una influencia fluya del Príncipe de las Faces, el Arcángel de Kether, siendo la fuente de iluminación de todas las luces del Universo". Así, pues, vemos claramente que no solamente el espíritu fluye hacia la manifestación externa en la materia, sino que la materia misma, con su propia energía, atrae el espíritu a la manifestación, punto importantísimo para todo aquel que practica la magia, porque le enseña que está justificado en sus operaciones y que no es necesario que el ser humano espere las palabra del SEÑOR, sino que puede invocarlo para que El le escuche.

 Los Ángeles de Kether, que operan en el mundo Yetzirático, son las Kjaioth-ja-Kadesh, las Santas Criaturas Vivas y su nombre lleva la mente a la visión del Carro Flamígero de Ezekiel y las Cuatro Santas Criaturas ante el Trono. El hecho de que los cuatro Ases del Tarot, asignados a Kether, sean considerados como la representación de los cuatro elementos, Tierra, Aire, Fuego y Agua, confirma igualmente esta asociación. Podemos, pues, considerar a Kether como la fuente primaria de los elementos. Este concepto aclara muchas dificultades metafísicas y ocultas que se presentarían si limitáramos su operación al Mundo Astral y consideráramos a los elementales apenas algo mejor que diablos, como parecen hacerlo ciertas escuelas de pensamiento trascendental.

 Toda la cuestión de los Ángeles, archons y elementales es a la vez muy importante y difícil, porque sus aplicaciones prácticas en la magia son inmediatas. El pensamiento cristiano puede tolerar con cierto esfuerzo la idea de los arcángeles, pero los espíritus auxiliares, los mensajeros que son llamas del fuego y los constructores divinos son por completo extraños a su teología. Sólo Dios, y en un instante, hizo los cielos y la tierra. El Gran Arquitecto del Universo es al mismo tiempo el albañil. La Ciencia Esotérica piensa muy diferentemente; el iniciado conoce las legiones de seres espirituales que son agentes de la Voluntad Divina y vehículos de su actividad creadora. Es por intermedio de todos ellos y por gracia del Arcángel dirigente, que obra Dios. Pero no se puede conjurar a ningún Arcángel mediante encanto alguno, por potente que sea. Más bien deberíamos decir que cuando estamos efectuando una operación en la Esfera de un Sephirah particular, el Arcángel opera a través nuestro para realizar Su misión . El arte del mago, por lo tanto, consiste en alinearse con la Fuerza Cósmica para que la operación que desea llevar a cabo se produzca como parte integrante de la operación de las actividades cósmicas. Si se ha purificado y dedicado sinceramente, así ocurrirá con todos sus deseos; y si no lo está, no es un adepto y su palabra no es un Verbo del Poder.

 Es interesante notar que en el Mundo de Assiah, el título de la Esfera de Kether es: "Rashith ha Gigalim", o primeros remolinos, evidenciándose así que los rabinos conocían la teoría nebular antes de que la ciencia la descubriera por medio del telescopio. La forma en que los antiguos dedujeron los hechos básicos por medios puramente intuitivos y empleando el sistema de las correspondencias, muchos siglos antes de la invención y perfeccionamiento de los instrumentos de precisión que permitieron al hombre moderno hacer iguales descubrimientos por otros medios, es una cuestión que tiene que dejar perplejo a todo aquel que estudie la filosofía sin fanatismo.

 Como arriba es abajo. El microcosmos corresponde al macrocosmos, y, por tanto, tenemos que buscar a Kether en el ser humano, sobre la cabeza que resplandece en una luminosidad blanquísima en Adam Kadmon, el Hombre Celestial. Los rabbis los llamaban Yechidah, la Chispa Divina; los egipcios, Sah, y los indostanos, Loto de Mil Pétalos. No obstante la diversidad de nombres, todos ellos encierran la misma idea: el núcleo de Espíritu que emana, pero que no mora en los planos de la forma, en sus múltiples manifestaciones.

 Se dice que, mientras estemos encarnados, jamás podremos elevarnos hasta la conciencia de Kether en Atziluth, y retener intacto el vehículo físico hasta que regresemos. Así como Enoch caminó con Dios y desapareció, así también el ser humano que alcanzara la visión de Kether se desvanece, en lo relativo al vehículo que se servía de encarnación. Esto se explica fácilmente, si nos damos cuenta de que no podemos penetrar en una modalidad de conciencia si no reproducimos esta modalidad en nosotros mismos; de igual manera que la música nada significa ni representa si el corazón no canta al unísono con ella. De consiguiente, si reproducimos en nosotros ese modo de ser que no tiene forma ni actividad es evidente que nos libraremos automáticamente de toda forma y actividad. Si logramos esa realización, aquello que mantenía la forma merced a ese modo de conciencia, desaparece, y la forma retorna a sus elementos. Una vez disuelta, no puede volver a formarse al retornar a la conciencia. Por tanto, cuando aspiramos a alcanzar la visión de Kether en Atziluth, debemos estar preparados para penetrar en la Luz y no salir nunca más de ella.

 Esto no significa que el Nirvana sea la aniquilación, como algunos de los traductores de la Filosofía Oriental han enseñado erróneamente a los estudiantes europeos, sino que implica un cambio completo de modo o dimensión. Aquello que seremos cuando estemos al mismo nivel de las Santas Criaturas Vivientes, es cosa que no sabemos, porque ninguno de los que lograron la visión de Kether en Atziluth ha vuelto para decírnoslo. No obstante, la tradición nos declara que hubo quienes lo lograron, y que están íntimamente interesados en la evolución de la humanidad, siendo los prototipos de los superhombres de quienes hablan las tradiciones de todas las razas, tradiciones que, desgraciadamente, en los últimos años, han sido envilecidas por las enseñanzas seudo ocultas. Sea lo que fueren estos seres, puede decirse con seguridad que no tienen forma astral, ni personalidad humana, sino que son como llamas en el Gran Fuego que es Dios. El estado del alma que ha alcanzado el Nirvana puede ser comparado con el de una rueda que hubiera perdido la llanta y cuyos rayos penetran e interpenetran toda la creación; un centro de irradiación a cuya influencia no se le puede poner límite alguno salvo el de su propio dinamismo, y que siempre mantiene su identidad como núcleo de energía.

 La experiencia espiritual atribuída a Kether es la unión con Dios. Este es el fin y el objeto de toda experiencia mística, y si buscamos cualquier otro, somos como aquellos que construyen una casa en el mundo de las ilusiones. Todo lo que puede detener al místico en su recto camino hacia la meta, le produce la impresión de un grillete, de una cadena que debe ser rota de inmediato. Todo cuanto sujeta la conciencia a la forma, todos los deseos que no sean ese único deseo, son males para él y, desde ese punto de vista, tiene sobrada razón; si obrase de otra manera, invalidaría toda su técnica.

 Esta no es la única prueba que el místico tiene que afrontar. Se le exige que satisfaga las exigencias de los planos de la forma ante de quedar libre para retirarse y escapar de ellos. Existe un sendero siniestro que conduce a Kether: el Kether de los Qliphoth, que es el Reino del Caos. Si holla prematuramente el Sendero Místico, es allí donde irá, y no al Reino de la Luz. Para el ser humano que se siente inclinado naturalmente al sendero místico la disciplina del cuerpo y de la forma le repugna; y una de las tentaciones más sutiles, es abandonar la lucha en la vida de las formas que se resiste a su dominio, y retirarse a través de los planos antes de haber pasado por el nadir y haber aprendido allí las lecciones que debía aprender.

 La forma es la matriz donde se encierra la conciencia fluídica hasta adquirir una organización a prueba de toda dispersión, hasta convertirse en una núcleo indestructible de la individualidad diferenciada, extraída del mar amorfo del Ser puro. Si la matriz se rompe prematuramente, antes de que la conciencia fluídica se haya formado como un sistema organizado de tensiones, estereotipado por la repetición, la conciencia se retrae nuevamente a lo amórfico, de la misma manera que la arcilla vuelve al barro original si se la saca prematuramente del molde, antes de que haya tenido tiempo de fraguar. Si existe un místico cuyo misticismo produce incapacidad mundana, o cualquier forma de disociación de la conciencia, entonces podemos decir que el molde se ha roto prematuramente; será necesario que vuelva a la disciplina de la forma, hasta que haya aprendido la lección y su conciencia haya alcanzado una organización coherente y cohesiva, que ni el Nirvana mismo pueda destruir. Que parta leña y acarree agua para el servicio del Templo si lo desea, pero no profane el lugar santo con sus patologías y su falta de madurez.

 La Realización es la virtud a Kether, el completamiento de la Gran Obra, para usar un término extraído de la Alquimia. Sin completamiento no puede haber realización, y sin ésta no hay completamiento. Las buenas intenciones pesan poco en la escala de la justicia cósmica, pues somos reconocidos por el completamiento de nuestra obra. Es verdad que tenemos toda la eternidad para completarla, pero debemos hacerlo hasta el Yod final. No hay misericordia alguna en la justicia perfecta, salvo la que nos permite probar una y otra vez.

 Kether, contemplado desde el punto de vista de la forma, es la corona del Reino del Olvido. A menos que realicemos la naturaleza vital de la Luz Blanca Pura, sentiremos poca tentación de luchar por esta corona que no pertenece en absoluto a este orden de ser; y si logramos esta realización, entonces estaremos libres de todas las limitaciones de la manifestación, y podremos hablar a todas las formas como quien realmente tiene autoridad para hacerlo.

Rolando Gonzalez

 

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