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CÁBALA Mística - Tiphereth, el sexto Sephirah - 2

Kabala


  El Pilar Central del Árbol de la Vida es esencialmente el Pilar de la Conciencia, lo mismo que los Pilares laterales son los poderes activos y pasivos. Examinándolo desde el punto de vista del microcosmos, es decir, de la psicología y no de la cosmogonía, Kether, la Chispa Divina, en torno al cual se organiza el ser individualizado, debe ser considerado como el punto central mismo de la conciencia . Daath , el Sephirah invisible, se halla también en el Pilar del medio, aunque, en verdad, pertenece a un plan di­ferente al del Árbol de la CÁBALA de la Vida. Cuando, por ejemplo, examina­mos a este último microcósmicamente, Daath vendría a ser su punto de contacto con el mocrocosmos. Es sólo con Tiphareth que alcanzamos la conciencia netamente definida, individualizada.

  Tiphareth es el punto funcional de la segunda Tríada del Árbol de la CÁBALA, cuyos dos ángulos básicos consisten en Gueburah y Guedulah (o Kjesed). Esta Segunda Tríada, emanada de la primera forma­da por los tres Sephiroth Superiores, forma la individualidad evolutiva, o alma espiritual. Es ella la que perdura y se repite a través de una evolución; es de ella que emanan las personalida­des sucesivas, o encarnaciones; es ella quien almacena la esen­cia activa de la experiencia, al fin de cada encarnación, cuando la unidad encarnada vuelve al polvo, al éter.

  Esta segunda Tríada es la que forma el Alma Superior, el Yo Superior, el Santo Ángel Guardián, el Primer Iniciador. Es la voz del Yo Superior que percibe el oído interior y no la voz de los desencarnados ni de Dios, como imaginan los que ignoran la ver­dadera Tradición.

  Guiada por la Segunda Triada, la Tercera construye con los materiales que le ofrece la experiencia de la encarnación, con Mal­kuth como vehículo físico. La conciencia cerebral pertenece a Mal­kuth, y es la única de que dispondremos mientras estemos apri­sionados por su vehículos. Pero las puertas de Malkuth no perma­necen rigurosamente cerradas, y en la actualidad son muchos los que pueden entrever la fantasmagoría del plan astral y experimentar la conciencia psíquica de Yesod. Cuando se la logra libre­mente, se abre la ruta hacia un psiquismo más elevado, la clari­videncia auténtica, que constituye la heredad de la conciencia de Tiphareth.

  De consiguiente, nuestra primera experiencia de psiquismo su­perior, en general, se realiza para comenzar, en términos de psi­quismo inferior, porque recién entonces nos hemos librado apenas de Malkuth y comenzamos a mirar hacia el Sol de Tiphareth, des­de la Esfera lunar de Yesod. Escuchamos voces en el oído interior y vemos visiones con la vista interior, pero todas ellas difieren de la conciencia psíquica ordinaria, en el hecho de que no son las representaciones directas de formas astrales, sino los signos sim­bólicos de hechos espirituales expresados en términos de concien­cia astral. Esto es una función normal del subconsciente, y es de capital importancia comprenderlo debidamente, porque los equívo­cos a este respecto producen graves problemas, y pueden hasta desorganizar el equilibrio mental.

  Los que están familiarizados con la terminología cabalística saben que la primera Gran Iniciación nos da el poder de conver­sar con nuestro Santo Ángel Guardián y participar de su saber; y es bueno recordar que este Santo Ángel Guardián no es otro que nuestro Yo Superior. La característica de este modo de men­talidad elevada es que no se producen voces ni visiones, porque es conciencia pura, y una percepción más intensa; de esta actividad del espíritu resulta un poder particular de penetración que es de la naturaleza de la intuición más elevada. La conciencia superior jamás es psíquica, sino permanentemente intuitiva, y no contie­ne imagen sensible alguna. Es esta ausencia de imágenes lo que advierte al verdadero Iniciado que ha alcanzado el nivel del Ego.

  Los antiguos sabían bien lo que acabamos de expresar, y distinguían cuidadosamente los métodos mánticos que ponen en con­tacto con los mundos de abajo, con los mundos de la ebriedad di­vina conferida por los Misterios. Las Bacantes que danzan en me­moria de Dionisio eran de un orden de iniciación completamente diferente de las Pitonisas, las cuales eran médium, esto es, psíquicas. Las Bacantes iniciadas en los Misterios Dionisíacos po­seían una exaltación de conciencia, una superabundancia de vi­talidad, que les permitía realizar sorprendentes proezas de fuerza.

  Todas las religiones dinámicas poseen este aspecto dionisíaco. Aun en la cristiana, muchos santos han tenido la experiencia del Divino Crucificado que adoraban, yendo hacia ellos como el Divino Esposo. Cuando hablan de esta ebriedad divina las metáforas del amor humano vienen instintivamente a sus labios. "¡Que adorable eres, oh esposo mío" "Aturdido por los besos de sus labios divinos.... Estas palabras dicen mucho para quienes sabe comprenderlas.

  El aspecto dionisíaco de la religión representa un factor esencial de la psicología humana; por una parte, es la incomprensión de este factor lo que nos cierra el portal de las experiencias espirituales sublimes en nuestra civilización actual, y permite, por otra parte, esas extrañas aberraciones del sentimiento religioso, que, de tiempo en tiempo, producen un escándalo más o menos lamentable, en vez de movimientos inspirados de religiones más dinámicas.

  Hay una cierta concentración emocional exaltada que hace posible las fases elevadas de la conciencia, y sin esa concentración no es posible alcanzarlas. Las imágenes del plano astral se trans­forman en intensidad de emoción parecida a una llama y, cuan­do la naturaleza grosera ha sido totalmente consumida, a menu­do nos hallamos calentados por el color de la conciencia pura. A causa de la naturaleza misma del espíritu humano que tiene el cerebro por instrumento, esta llama blanca no puede durar; pe­ro, durante su breve existencia, el temperamento se transforma, el espíritu recibe nuevos conceptos y una especie de amplitud que no se disipa jamás del todo. Esta extraordinaria exaltación de conciencia se retira, pero la expansión de la personalidad lle­ga a ser permanente, como asimismo una capacidad más elevada de vida y un poder de realización de las verdades espirituales que jamás podría haber sido nuestro, si no hubiésemos franqueado violentamente el abismo que nos separa de él, en el gran vuelo del éxtasis.

  Los que en la actualidad nos dirigen espiritualmente, no tie­nen idea de los métodos por los cuales se logra de modo delibe­rado el estado de éxtasis, y tampoco se saben servir de éste cuan­do se produce espontáneamente. los oradores de ciertas sectas, por su magnetismo instintivo, logran producir algo parecido al éxtasis en un auditorio no preparado, y los menos recomendables de entre ellos son juzgados según su poder de embriagar de esa manera su público. Pero las consecuencias de esa embriaguez es la de toda ebriedad: cuando se ha esfumado y el orador lleva consigo a otras partes sus discursos, la vida parece sombría, sin contenido ni alegrías. Y al esfumarse así su ebriedad, el converti­do piensa haber perdido a Dios; nadie parece darse cuenta de que el éxtasis es un relámpago de magnesio en la conciencia ordina­ria que, si se prolongase, arruinaría el cerebro y el sistema ner­vioso. Sin embargo, aunque no deba perseguirse, cuando el éx­tasis es verdadero, atravesamos el punto muerto de nuestra con­ciencia y despertamos a otra vida.

  La técnica del Árbol de la CÁBALA de la Vida da una definición muy exac­ta de sus experiencias especiales. Merced a ella, los que son ex­pertos no toman el vuelo de su conciencia. superior por la voz de Dios. De la conciencia sensorial de Malkuth, pasando por el psi­quismo astral de Yesod, ellos ascienden a la intuición sin imáge­nes, a la conciencia sutil de Tipharet, para descender de inme­diato, suavemente, sabiendo lo que hacen. Ellos no confunden los planos y tampoco les permiten mezclarse, sino juzgan a todos des­de el centro de una conciencia centralizada.

Rolando Gonzalez

 

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